Las reglas cambian, el juego permanece

Si algún antiimperialista de Perogrullo afirma que todo lo que produce Estados Unidos es basura comercial, se equivoca. A los norteamericanos les debemos la simple y hermosa prosa de Hemingway, la poesía de Whitman, los reportajes de Gay Talese y Capote, la innovación de Edison, los aviones de los hermanos Wright, La Nasa, el Internet, les debemos el buen cine de Alexander Payne, la violencia inteligente de Tarantino; les debemos muchos más y especialmente, les debemos The Wire, la mejor serie de televisión de la historia.

Ambientada en Baltimore, ciudad costera, con un 65 por ciento de las personas de color, The Wire no es televisión comercial. El Alambre, nombre de la serie en español, con el que se interceptan las llamadas, refleja la importancia de los diálogos por encima de la imagen, la relación que existe entre el lenguaje y las formas en que entendemos el mundo. Es en las llamadas intervenidas, en las conversaciones entre los personajes y en los epígrafes previos al capítulo lo que explican la grandeza de la serie.

The Wire resume la vida. Quiénes suelen ver la existencia por medio de prismáticos sucumben ante The Wire. Cada capítulo tiene, mínimo, tres caras, es dialéctico. Un policía rebelde y borracho, Mcnulty, interpretado fantásticamente por Dominic West, engaña a toda la ciudad buscando un violador de indigentes que no existe. Consigue recursos para la investigación principal y capturan al gran capo de la ciudad, lo que catapulta al Alcalde, los comisionados y los periodistas del Sun de Baltimore. ¿Quiénes ganan con la captura? Todos ¿Quiénes pierden con la mentira? Todos.

The Wire contiene la fuerza y la potencia que ofrece la buena literatura, la sorpresa de los libros de Poe y de Stieg Larsson, el pesimismo de los cuentos de Jack London y el esfuerzo dramático de los personajes de Steinbeck. La vida es cruel, haga lo que hagas. Las reglas cambian, el juego permanece.

The Wire es una obra de arte por que se aproxima a la realidad, es una insinuación. No la interpreta ni la transforma bajo la óptica moralista norteamericana, la plasma sin más. En la serie, como en la vida, no existen personajes negros, ni blancos. Son opacidades que oscurecen o brillan según el momento y las circunstancias, especialmente, económicas.

Omar es un ladrón y asesino, pero solo de gánsteres, Bubbs es un drogadicto y raponero que encuentra redención tras la muerte de su mejor amigo, Carcetti es un Alcalde de buenas intenciones pero el poder lo obliga a corromperse, Mcnulty deja el alcohol dos veces por establecer una pareja sólida pero, como en los libros de London, la naturaleza lo llama. Así son los personajes de The Wire.

“Que se joda el espectador promedio” afirmó David Simons, creador de la serie. The Wire combate el sistema norteamericano y global, con el recurrente tema de las drogas y su relación en todos los aspectos. El problema no son las manzanas que pudren el sistema, es su conjunto. Es una feroz crítica al estilo de vida norteamericano y su optimismo sin sentido. Los dioses son indiferentes. Los policías buenos fracasan, los periodistas mentirosos triunfan, los jóvenes mueren, el éxito es un logro efímero y producto del azar.

Este pesimismo se acompaña de una sobresaliente puesta en escena. Los casos no se resuelven con la rapidez e inverosimilitud de CSI, los giros de la trama responden a la densidad de la serie y no al capricho de la fantasía como en Juegos de Tronos, ni a enfermedades inexistentes como en The Walking Dead. Son, según sus autores, tragedias griegas filmadas. Por eso reciben la gloria de los espectadores con una puntuación de 9.5 sobre 10 y aplausos del Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa y de escritores como Paco Ignacio Taibo II.

Aquel antiimperialista no podrá negar que solo un país, a pesar de sus excesos, que da hospedaje a Einstein, Strauss y a Germán Arciniegas, es capaz de auto flagelarse y de allí crear arte y en el pesimismo hacernos felices.

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