Periodismo de cantina, a lo colombiano

Vicky Dávila le dice a un hombre acusado de golpear a su mujer y a su hijo: usted es un hijo de puta; en Blu Radio, dos comentaristas de diferentes visiones políticas se culpan de contertulio con los paramilitares y corruptos; en la W, Felix de Bedout presiona a su entrevistado para que confiese que cometió una masacre y Julio Sánchez Cristo acusa a Clara López, sin pruebas, de robarse dos billones de pesos de las arcas de Bogotá; en Semana TV, llueven dardos de “paramilitar” y “guerrillero” entre Iván Cepeda y Francisco Santos; en El Colombiano, un columnista, profesor de la Universidad Eafit, sugería que habría que esperar a que a Chávez “se lo llevará la divina providencia” y Darío Arizmendí, en Caracol, llama a los dueños de las multinacionales para ver si “tienen noticias”, entre muchos otros casos. El periodismo no goza, hoy, de buenas credenciales. ¿La razón? Cómo la trillada frase de Bill Clinton: es la economía, estúpido.

El fenómeno de internet golpeó la industria del periodismo, dice Ignacio Ramonet, como el meteorito que extinguió los dinosaurios. Las cadenas de televisión, radio y prensa deben transformarse para sobrevivir; unos lo logran, otros no. En Colombia, por ejemplo, no sobrevivió El Espacio, dedicado a la crónica roja.

Los medios de comunicación, incluidos los alternativos o pequeños, vendían información, hoy no. El conocimiento, la basura, la información, los datos, etc., se encuentra, de manera gratuita, en internet. Y como la información es una mercancía, asume las reglas del mercado: si existe mucha pues es barata y si no, es cara. Con la aparición de internet, es gratuita, es un maremágnum de información incontrolable. Nadie pagará por oír, ver o escuchar lo que puede hacer a través de un computador. Las formas de financiación cambian: no se vende periodismo, se venden personas a los auspiciantes.

El internet potencia los Prosumers, consumidores y productores, la información circular, cualquier persona tiene una cámara y puede escribir lo que ve, además de analizarla. Todos son periodistas. Para atraer personas y vender su rating a los patrocinadores, los medios eligieron el peor camino: el morbo, la superficialidad y la confrontación.

En Colombia empezaron a aparecer programas de análisis, de debate entre dos visiones, de “todas la voces, porque la verdad tiene dos caras” o de las noticias comentadas. Eufemismos que esconden la manía de escuchar antípodas del pensamiento y esperar la evidente confrontación; no es periodismo, es un reality show.

El periodismo no son todas las voces, ni todas las visiones. Es la construcción, sopesando todas las ideas y versiones de la noticia, de la verdad. Por ejemplo: si un funcionario roba y un Senador lo denuncia, el periodista deberá oír a los involucrados, por supuesto, dar un contexto y, al final, emitir una conclusión, no una opinión. Soltar las dos versiones y rematar con el famoso “el espectador tomará su decisión” es una farsa postmoderna: la negación de la verdad, las conclusiones del método científico; es una oda a la especulación y charlatanería. 

El mencionado maremágnum de información es una cacofonía que impide, la mayoría de las veces, que el espectador tome una decisión acertada. Auparla con dos voces más o análisis de cuatro o cinco personajes, no ayuda a la construcción de ciudadanía y fortalece el prejuicio. Expliquemos: el procurador Alejandro Ordoñez crea un comité en busca de los promotores del aborto. La noticia la analizan Hector Abad Faciolince, un reconocido opositor y Nicolás Uribe, un defensor. En la discusión, como es obvio, las expresiones suben de tono y terminan casi a los gritos. Difícilmente puedan acabar de otra forma. El espectador no sabrá que ocurre, recrudecerá su opinión previa y no dará juicio de valor a lo que oye, porque en este tipo de periodismo “las noticias no son ni buenas ni malas, son noticias”, así sea la masacre de unos niños. Eso sí, cuando los analistas estallan, el rating sube y suben los patrocinadores.

En televisión, las noticias más importantes giran en torno al chisme, a la violencia, a las filtraciones y las disputas personales, más que al análisis. Los periódicos venden bibliotecas, libros. En Medellín, El Mundo y El Colombiano reciben más del 35 por ciento de sus recursos por la impresión de otros periódicos, especialmente comerciales.

Entre tanto, los medios alternativos deben insistir en la investigación y la calidad de la información, para descubrir lo que pretende ser escondido. El periodismo, para ser serio y liberador, debe ser antiimperialista y anti neoliberal, no una mercancía al servicio del dueño. El periodista tiene una función social, como todas las personas: contribuir al mejoramiento de su país y de su entorno. Si eso ocurre, podemos alejarnos del periodismo de cantina y ver, desde la verdad, como se golpean entre copas los que convirtieron la información en una mercancía y la mercancía en un monopolio.

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