“El Ejército enloqueció a mi hijo” Teresa Muñoz

El hijo de Teresa Muñoz solo duró 13 días en el ejército antes de enloquecer; tenía el sueño de obtener la Libreta Militar de primera categoría y así, conseguir un mejor trabajo. Su madre trabaja todo el día en una Institución Educativa de Medellín y espera que el Ejército le dé una explicación.  

Los tres hijos de María Teresa Muñoz sufren su temperamento. A pesar de sus edades, 22, 21 y 15 años, ninguno ha podido, hasta ahora, llevar sus novias a la casa. En el barrio, dicen sus vecinos y amigos, “hasta el marido acepta”. No es alta ni delgada, es morena y su gentileza y humildad contradicen lo que afirman de su genio. “Soy pequeña, pero se imponer mis cosas” admite.

El nueve de febrero, al medio día, una camilla del ejército le entregaba a su hijo, Andrés Felipe, el segundo de los tres, en la Cuarta Brigada y no en el batallón, en la calle Colombia, adyacente al resguardo militar. 

La visión de su hijo aterrorizó a Teresa: en chanclas, con un pantalón y una camisa verde y con los ojos perdidos. “Ese no fue el muchacho que se fue. No tenía sus cosas y a él le gustaba trabajar para comprarse sus cositas de marca. Se veía desgualetado” dice conmovida. Se lo entregaron en una camilla, dopado y sin ninguna explicación.

El Ejército, en la misiva en la que notifican de la entrega, dicen: “Trata de la entrega del señor Andrés Felipe Mejía Muñoz (…) no siendo más el motivo de la presente se da por terminada”. (Ver carta). 

No hay motivo. Solo lo entregan. Teresa protestó solo una vez, fiel a su temperamento: “como me lo entregan así. En la calle, ni siquiera con su ropa”.    

Aunque la carta no lo dijera, ni las Instituciones militares lo expresaran, Teresa sabía que su hijo no estaba bien de la cabeza. Cinco días después del ingreso de su hijo en el ejército, tras la obsesión de tener la libreta militar de primera para conseguir un mejor trabajo, Teresa contestó el celular. Una voz tenue y fuerte preguntaba ¿qué patología presentaba Andrés antes de presentarse al Ejército? Le pasarían a su hijo.

– Hola hijo, ¿cómo estás? – dijo Teresa, evidentemente emocionada, aunque sus gestos no lo expresarán.

– Hola, ¿Usted quién es? – contestó Andrés con una voz vacía.

– ¿Cómo así? Soy su mamá.

– Y ¿yo quién soy?

– ¿Cómo así que quién es? Usted es Andrés Felipe Mejía, mi hijo. Nosotros vivimos en Robledo Aures, hace años.

Un silencio se hizo al otro lado del celular. Y colgaron.

Andrés nunca tuvo antecedentes de locura

Teresa admite que su hijo es un consumidor habitual de marihuana pero que jamás tuvo problemas de comportamiento. Esnelda García, jefa de Teresa en el restaurante de la Institución Educativa en Robledo, Medellín, lo confirma: “es un muchacho callado, medio malgeniado, serio, pero decente”.

Teresa y su esposo llegaron de Titiribí, un pueblo cafetero en el suroeste del departamento, a Medellín, buscando una mejor vida para sus tres hijos. El primero ya está casado y se presentó, también, al Ejército. Su ejemplo se transmitió a Andrés quién, después de probar en varios trabajos de la construcción, eligió las Fuerzas Militares.

Parece una obsesión, o eso piensa su madre. Para Andrés, conseguir la libreta militar de primera categoría, le permitiría tener un trabajo mejor pago. Así que después de pensarlo y entregarse al Ejército y estar 13 días en el Batallón de Infantería #42, “Batallón de Bomboná” en Puerto Berrío, regresó con un evidente problema mental. La obsesión es tanta, qué en la camilla, dónde su mamá lo vio “desgualetado”, Andrés gritaba: “Que maricada, yo no quiero la libreta de segunda”

En la casa, después de recogerlo en la Cuarta Brigada, Andrés empezó a contestar de forma altanera a sus padres, en las noches tenía alucinaciones y no lograba dormir. La familia decidió internarlo en Samein, clínica de reposo y adscrita a la EPS Sura, donde están afiliados los miembros del Ejército.

La EPS de las Fuerzas Militares responde, pero en la Cuarta Brigada no dan razón del porque Andrés enfermó. Lwuney García, abogada de la familia, afirma que se estudiarán las acciones correspondientes. “Es claro que Andrés se fue en buen estado, pasó los exámenes médicos y así debía haber regresado”.

Teresa lo visita todos los sábados, después de las jornadas de 12 horas de trabajo durante la semana. En la clínica de reposo lo ve, dopado, algunas veces amarrado a la camilla o en la sala de espera con televisión que tiene Samein, decir que: “apenas salga de esta, me vuelvo a presentar al Ejército, yo quiero mi libreta”.

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